SOMBRAS

31 de diciembre de 2011

Quien podía hacerlo, habría decidido que aquella mañana no tendríamos un amanecer ya que el sol que trepó por el firmamento era tan negro como la propia noche. Aunque, algún equilibrio, por lo visto, sería preciso mantener porque las sombras que proyectábamos los desconcertados humanos, por el contrario, eran de los más llamativos colores. Sólo la mía seguía siendo tan oscura como siempre.

El naranja, el verde, el rojo instalaron la diversión y el desenfreno entre mis congéneres. Entre juego y juego descubrieron que mi ya atípica sombra era en realidad un pozo y, siempre ávidos de aventuras y sorpresas, bajaron por él volviendo con noticias de hermosas tierras ocultas bañadas por un magnífico sol amarillo.

No les creí y ellos, felices y despreocupados, encontraron rápidamente otros divertimentos.

ENGAÑOS

29 de enero de 2011

La mujer fingía que fingía sus orgasmos. El hombre fingía que fingía no saberlo. De todas formas follaban poco.

ESTILISMO CAPILAR

21 de enero de 2011


El caballero esperaba impaciente bajo el torreón. Arriba, la princesa miró sus largas trenzas en el suelo y se arrepintió de su peinado corto tan moderno.

EXTRAÑAS REVELACIONES DE UNA PELIRROJA

31 de diciembre de 2010

La prostituta que yace en la cama hace tiempo que dejó de gozar con el sexo y cada vez que es penetrada, rememora sus momentos de soledad, los únicos que le proporcionan cierto deleite.

El desconocido que posee su cuerpo, en cambio, sí suele disfrutar, pero hoy no se abandona, está concentrado en que sus embestidas tengan cierto ritmo, intercalando las superficiales con las más profundas, utilizando el código morse de una forma que su inventor, Samuel Morse, a pesar de su cara de perverso, nunca imaginó.

Si un voyeur los observase podría traducir el mensaje, que dice: mastúrbate, Claudia. Y Claudia, en la otra punta de la ciudad, no puede evitar masturbarse. También se le ordena que no se limpie las manos, que quedan vagamente luminosas, para que pueda ir dibujando marcas con su humedad en las paredes. Estas señales indican el camino hasta un hotel y, cuando algún transeúnte las ve, inevitablemente se dirigirá allí y se alojará en una habitación determinada, a la espera de que alguien más siga la misma ruta. Cuando se encuentren, perdida cualquier inhibición, los desconocidos copularán salvajemente hasta que queden saciados. Si se reúnen más de dos personas, la orgia ya está servida. El recepcionista apunta todos sus nombres, reales o inventados para la ocasión, le da igual, y con sus iniciales va componiendo una novela erótica, con la que sueña conseguir excitarse por primera vez en su vida cuando esté acabada.

Otras veces, Claudia deambula por las iglesias y hunde sus manos en las pilas bautismales, en las que las beatas señoronas mojarán después sus devotos dedos, con los que se darán placer en sus dormitorios pensando en hermosos ángeles, cuyas enormes vergas volverán inútiles las discusiones sobre su sexo. Si bautizan algún niño con ese agua, vivirá toda su vida obsesionado por las personas pelirrojas como Claudia.

Si alguna vez desafía las órdenes recibidas y se lleva sus dedos manchados de ella misma a la boca, recibe en sueños la visita de un imaginario duque que la conduce hasta el abismo cuando le baja las bragas hasta los tobillos con aristocrática delicadeza y besa su sexo como quien besa otra boca.

De todas formas, esto sucede en contadas ocasiones porque, cada vez que se rebela, el hombre desconocido que le da las instrucciones parece enfadarse cuando no es él quien controla su eros y la somete a humillaciones como castigo, humillaciones que siempre incluyen el trato carnal con tipos desconocidos a los que normalmente ni se dignaría mirar.

Cuando esta tarde Claudia se quitó la ropa ante mí sin ninguna delicadeza ni protocolo agradecí mi suerte. Tras escuchar esta confusa historia de sus labios, resuelvo que no ha sido mi fortuna la que me ha llevado a romper los sellos de este cuerpo que desdeña las líneas rectas, sino su locura. Miro su cabeza pelirroja y me pregunto qué es lo que no funciona ahí dentro. Pero el sexo, extraño o no, tiene sus ritos establecidos y, a pesar del desprecio con el que va haciendo que su desnudez desaparezca tras su ropa, me enciendo un cigarro. Después del sexo, el humo, siempre.

DIGESTIÓN

14 de noviembre de 2010

Y llegó el día en que la literatura se pudo comer. Nuestros paladares pudieron saborear, entre otras maravillas, el amor por una hermosa joven del Piamonte que lloraba veneno, un viaje por la selva amazónica embarcados en un absurdo negocio de venta de espantapájaros, el otoño perpetuo de un lánguido país donde se fabricaban unos extraños relojes.

Degustamos la ofensa imborrable que avergonzó generación tras generación a una estirpe de altivos albinos, los guisos de una anciana cuyo ingrediente principal eran uñas, la historia del viejo astrónomo que fue ejecutado cuando no quiso nombrar a las constelaciones con los exóticos nombres de las caprichosas concubinas del emperador.

Pero nada puede eludir los procesos intestinales. La literatura, desmenuzada tras ir dando tumbos por nuestras entrañas, volvió al exterior. Recogimos las frases mezcladas, las palabras desordenadas y las apilamos sin asco ni pudor, haciendo de la jitanjáfora la norma, del sinsentido el argumento, de lo incomprensible la belleza. Cosimos las hojas y las pusimos en tomos que colocamos en las estanterías ordenándolos y alineándolos de acuerdo a criterios tan lógicos como innecesarios.

Y nosotros, pobres coprófagos, todavía nos atrevemos a consultar estas páginas ya digeridas en busca de alimento.

NOVEDOSA TÉCNICA PARA CORRER O LA ENFERMIZA NECESIDAD DE UN WASABI IMPOSIBLE

13 de octubre de 2010

Los tiempos de la abundancia habían desaparecido, como desaparece un hombre joven para dar paso a un anciano que se lamenta de lo rápido que pasaron los días felices.

La necesidad aguza el ingenio, eso dicen. Cuando nos quedamos sin carburante, los ingenieros, en un alarde alquímico, convirtieron la basura en combustible. Pero sin comida en nuestras alacenas la basura empezó a escasear y nuestros métodos de transporte quedaron de nuevo inmóviles. Hicimos que los caballos dieran el paso desde el anacronismo por el que trotaban despreocupados a ser los motores de nuestros pesados vehículos. No tardó en llegar el día en que el hambre fue más imperiosa que la puntualidad y tuvimos que sacrificarlos para comernos su correosa carne, que galopó por nuestros estómagos siguiendo un camino desde el asco hasta las más espantosas diarreas. Valoramos una solución cánida, pero los perros, cómodamente aposentados en sus puestos de guardianes fieles y compañeros leales, no tuvieron a bien deslomarse arrastrando pesados medios de locomoción cual trineos mastodónticos ni formar parte del menú, así que regresaron como hijos pródigos a los montes para perder cualquier rastro de civilización y no ser menos que sus primos más salvajes. Los gatos siguieron ronroneando, ajenos a todo, aun dentro de nuestros avergonzados estómagos.

Sin embargo, acudir diariamente y sin retraso a nuestros ya inútiles trabajos nos seguía pareciendo importante y como no podíamos hacer otra cosa empezamos a correr. El honor de ser los primeros en llegar a nuestras oficinas recompensaba el estar todo el día sudados y tener las suelas de los zapatos desgastadas.

Confiar en nuestra velocidad fue un desastre empresarial. A pesar de nuestros bípedos esfuerzos siempre llegábamos tarde y las multitudinarias maratones matutinas eran del todo inútiles.

La solución para que mis jefes me tuvieran en más estima y los reproches de mi mujer se desvanecieran era simple, tenía que correr más deprisa. Y lo hice. Tras varios días en los que sólo conseguí llegar extenuado habiendo arañado unos míseros segundos, mis piernas, azuzadas por el esfuerzo, dieron unas zancadas más largas de lo normal. Los tobillos, las rodillas y la cadera se flexionaron más de lo acostumbrado y me permitieron avanzar más rápido sin mayor esfuerzo. Así, pude llegar antes que nadie al puesto de trabajo y empezar a redactar los informes cuando mis compañeros todavía estaban subiendo las escaleras, exhaustos y envidiosos. También pude regresar muy temprano a casa para degustar la inexistente comida que mi abnegada esposa me preparaba con tanto esfuerzo y dedicación.

Algunos de mis compañeros empezaron a copiar mi forma de correr pero sin conseguir llegar a mi nivel de velocidad. Esto sirvió para que perfeccionara mi técnica y mis piernas se flexionaran más y las zancadas fueran más largas y eficaces. Ya me desplazaba más deprisa de lo que cualquier otra persona en el mundo lo hubiera hecho y podía igualar a cualquier vehículo que alguna vez hubiéramos construido.

Me encontré con mucho tiempo libre que aproveché en traspasar las fronteras de nuestro pobre país y llegar a lugares más prósperos, de los que siempre regresaba con algún obsequio para mi mujer con los que deleitar su necesitado estómago. Un mango, unas sardinas asadas, un plato de espagueti a la boloñesa, una paella repleta de marisco fueron algunos de los manjares que puede traerle sin que se hubieran enfriado cuando llegaron hasta ella.

Sus gustos se hicieron más refinados y exquisitos, siendo cada vez más difícil sorprender su satisfecho paladar. Tras haber probado los platos más elaborados, tras haber sentido en su garganta las cosquillas de las especias más selectas, tras haber devorado los manjares más contundentes, tras disfrutar de un horror vacui gastronómico, se encaprichó del minimalismo de la cocina japonesa. Soñaba con un solitario trozo de sonrosado atún en un plato enorme con una pequeña bolita de wasabi.

Nada podía consolarla, ningún alimento le hacía olvidarse del deseado sushi. Y el asunto era más grave porque no quería ninguna versión autóctona, quería comida japonesa cocinada en Japón por japoneses racialmente puros.

Ella no podía entender que por muy veloz que fuera no podía correr sobre las aguas y salir de los confines de este continente. Podía ser el primero en embarcarme en algún navío, pero tenía que hacer la travesía completa de una forma tan lenta y tediosa como el resto de pasajeros.

Durante todo este tiempo, he seguido yendo a trabajar todas las mañanas, intentando hacerlo cada vez más deprisa hasta que sea tan veloz que pueda correr sobre las aguas sin hundirme. Sin embargo, soy consciente de que ésta es una carrera inútil en busca de un sushi inalcanzable y un wasabi imposible.

VÁSTAGOS

14 de septiembre de 2010

Qué efímero es el amor que sentimos por los hijos de nuestro esfuerzo y sacrificio.

Es cierto que nacen de nuestra soledad, que no son el fruto de un amor compartido, pero no por ello son menos deseados.

Es también cierto que no tienen caritas con que sonreírnos, no tienen manitas, no tienen piernecitas para patalear e ilusionarnos con que sean estrellas del fútbol, pero bien mirados se parecen tanto a nosotros.

Y, a pesar de ser carne de nuestra carne (no me atrevo a decir que son también sangre de nuestra sangre), con qué facilidad y desapego los condenamos al diluvio y al olvido al pulsar un botón o tirar de una cadena.